Barbies-dependientas
Aprenden a mimetizarse con el entorno y se esfuerzan lo justo. Hablo de las "barbies dependientes", esas chicas de pocos años y menos estudios que siempre te recuerdan que estás mal hecha, una especie que abunda en las tiendas caras. Van, desde primera hora de la mañana, maquilladas en exceso, adornadas con llamativos pendientes y llevan uñas de porcelana, a la francesa, prueba inequívoca de su poca dedicación a la jardinería y demás hierbas.
Lejos de hacernos sentir cómodas en nuestros andares sobre la mullida moqueta marfil, te miran de arriba abajo nada más atravesar el umbral de sus dominios, te evalúan con precisión matemática para intentar adivinar si tu economía te permite ser un potencial cliente. La procacidad de su contoneo hace que te acomplejes más y que pienses que perteneces a una especie humana diferente, no solo por aspecto físico sino por actitud. Ellas se mueven entre productos exclusivos, muy caros para el común de los mortales, con su cabello hidratado, cortado asimétrico, de un rubio con mechas y marcando tanga, como si estuvieran en su hábitat común, acostumbradas a un lujo que no les pertenece. No me cabe la menor duda, sus genes son diferentes a los míos, pues mientras los españoles de a pie miramos cómo llegar a final de mes sin comprarnos ese bolso de seis mil euros, las Barbies dependientas se cuelgan el susodicho, adquirido a precio de empleada y tal vez a plazos, sin pensar en que ese es el monto de su sueldo de medio año o el importe de los estudios universitarios por curso.
Temo entrar en esas tiendas, me siento insegura, acomplejada ante esas muchachas que insisten en que nos queda bien una prenda ajustada cuando casi no podemos respirar en su interior. Llevan en la frente escrita la palabra comisión, babean al afirmar que es lo que está de moda y que, además, nos rejuvenece, como si el reloj biológico pudiera retroceder asfixiado ante tanta lisonja. No se dan cuenta de que hay una edad en la que se busca la comodidad por encima de las apariencias y las modas. Ellas no, ellas se deshacen en elogios al color de nuestros ojos, a la calidad de la piel, hasta que de manera ingenua sucumbimos a su siseo de encantadoras de serpiente y les indicamos que nos llevamos a casa la camisa estrecha. Llegado ese momento el rostro se les ilumina, te toman del brazo con pasmosa familiaridad, considerándote una igual y transformando su comportamiento altivo en reverencia.
En el trayecto a la caja van mostrándote, sin separarse de ti y con ojos de máquina tragaperras, un pañuelo que combine, un broche que destaque, unas medias que le den un toque "ideal", en resumen, cualquier complemento que sirva para incrementar el dolor de la factura. Papel de seda, caja o bolsa rígida, una tarjeta con su nombre garabateado en letra infantil y la coletilla de: "siempre estoy de tarde, por si se le ofrece, ya que estamos esperando mercancía para la próxima semana y lo que nos va a venir es de su estilo. Si quiere me deja su teléfono y le llamo?". Me fastidia esa familiaridad obsequiosa cuando te has convertido en "su" cliente, ese casi tirarse en nuestros brazos a modo de despedida, el tomarse una confianza que no le has dado, la comediada reverencia, pero sobre todo, la facilidad con la que te ponen y quitan el cliché de pobre de solemnidad. Todo se reduce a la hipocresía de aparentar solvencia en época de crisis para comprobar cómo las barbies dependientas mutan el gesto antipático por la más espléndida de las sonrisas, rayando el ridículo y hasta la estupidez.
Debo confesar que prefiero el trato personalizado en los comercios de siempre, aunque sus bolsas sean todavía de plástico. Un lugar donde me atiendan señoras más gorditas, de más edad, y que me llaman por mi nombre. Mujeres que luchan, como yo, por llegar a final de mes, y a las que les preocupa la educación de los hijos y la carestía de la vida, capaces de darte una receta rápida de cocina o de decirte, muy bajito, que una determinada prenda de ropa se te va a llenar de bolitas. Esa es la verdadera vendedora, la que se sabe ganar la confianza del cliente, la que se arriesga a perder una venta e incrementa su lista de conocidos, fidelizándolos al establecimiento, avisándoles de las rebajas, pero sobre todo tratándoles con respeto, en un mismo plano de igualdad.
Espero que con la que está cayendo a más de una "barbie dependiente" se le bajen los humos, se les quite ese complejo de "niñas ricas", pues en el olimpo de los millonarios no entran los que quieren, sino los que pueden.
María del Pino Fuentes Armas.
:bye1:
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Las Barbie-dependientas
#1
Escrito 07 -04 -2009 - 12:43 AM
La tolerancia y la paciencia son mucho más profundas y efectivas que la mera indiferencia.
No a la discriminización de los individuos en funcion de la especie a la que pertenezcan. No al especismo.
Todos los animales (humanos o no) queremos vivir y disfrutar de nuestras vidas.
La felicidad, para la abeja como para el delfín, consiste en existir. Para el hombre, consiste en conocer la existencia y maravillarse ante ella.
Un niño que crece rodeado de agresión contra cualquier ser vivo tiene más probabilidad de violar, abusar o matar a humanos cuando sea adulto.
Sólo cuando el último árbol esté muerto, el último río envenenado, y el último pez atrapado, te darás cuenta que no puedes comer dinero.
No a la discriminización de los individuos en funcion de la especie a la que pertenezcan. No al especismo.
Todos los animales (humanos o no) queremos vivir y disfrutar de nuestras vidas.
La felicidad, para la abeja como para el delfín, consiste en existir. Para el hombre, consiste en conocer la existencia y maravillarse ante ella.
Un niño que crece rodeado de agresión contra cualquier ser vivo tiene más probabilidad de violar, abusar o matar a humanos cuando sea adulto.
Sólo cuando el último árbol esté muerto, el último río envenenado, y el último pez atrapado, te darás cuenta que no puedes comer dinero.
#2
Escrito 07 -04 -2009 - 07:47 AM
Amén.
Un paseo en las tiendas de serrano-velazquez y alrededores y no veas cómo abundan. Últimamente las encuentras hasta en los centros comerciales, léase Zara, Pull&Bear, etc.
Cuando estuve buscando qué ponerme para la boda, recuerdo la frase "Aquí no tenemos nada para tí" con cara de asco. La pena es que no me lo dijeron sólo en una tienda.
Un paseo en las tiendas de serrano-velazquez y alrededores y no veas cómo abundan. Últimamente las encuentras hasta en los centros comerciales, léase Zara, Pull&Bear, etc.
Cuando estuve buscando qué ponerme para la boda, recuerdo la frase "Aquí no tenemos nada para tí" con cara de asco. La pena es que no me lo dijeron sólo en una tienda.
#4
Escrito 07 -04 -2009 - 11:44 PM
Zhora, en Apr 7 2009, 07:47 AM, dijo:
Cuando estuve buscando qué ponerme para la boda, recuerdo la frase "Aquí no tenemos nada para tí" con cara de asco. La pena es que no me lo dijeron sólo en una tienda.
Ains mujer, cuando se va a esos sitios es mejor portar en la espalda un buen lanzallamas. :mrgreen: Ya verías que bonitos quedarían los modelitos con su nuevo color. :whistling:
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La tolerancia y la paciencia son mucho más profundas y efectivas que la mera indiferencia.
No a la discriminización de los individuos en funcion de la especie a la que pertenezcan. No al especismo.
Todos los animales (humanos o no) queremos vivir y disfrutar de nuestras vidas.
La felicidad, para la abeja como para el delfín, consiste en existir. Para el hombre, consiste en conocer la existencia y maravillarse ante ella.
Un niño que crece rodeado de agresión contra cualquier ser vivo tiene más probabilidad de violar, abusar o matar a humanos cuando sea adulto.
Sólo cuando el último árbol esté muerto, el último río envenenado, y el último pez atrapado, te darás cuenta que no puedes comer dinero.
No a la discriminización de los individuos en funcion de la especie a la que pertenezcan. No al especismo.
Todos los animales (humanos o no) queremos vivir y disfrutar de nuestras vidas.
La felicidad, para la abeja como para el delfín, consiste en existir. Para el hombre, consiste en conocer la existencia y maravillarse ante ella.
Un niño que crece rodeado de agresión contra cualquier ser vivo tiene más probabilidad de violar, abusar o matar a humanos cuando sea adulto.
Sólo cuando el último árbol esté muerto, el último río envenenado, y el último pez atrapado, te darás cuenta que no puedes comer dinero.
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